A veces me pasa que vuelvo a recuerdos muy concretos de mi infancia. Son cosas bastante simples: excursiones con la familia, tardes en el sofá viendo pelis y sin hacer nada en especial, comidas largas o veranos en la playa o en el jardín en los que parecía que el tiempo iba más despacio.
No son recuerdos especialmente llamativos, pero cuando vuelven lo hacen con mucha claridad. Y junto a eso aparece una sensación difícil de describir, algo que describiría como una sensación entre nostalgia y tristeza, como una especie de toma de conciencia de todo lo que han cambiado esos recuerdos con el paso del tiempo.
Cuando somos pequeños, la percepción del tiempo es diferente. Todo parece más largo, más estable, como si las cosas fueran a mantenerse siempre igual. Sin embargo, al crecer, poco a poco empiezas a notar que eso no es así. Las etapas cambian, las personas también, las rutinas se transforman, y muchas de las cosas que antes formaban parte del día a día dejan de estar presentes de la misma manera.
En ese proceso, es fácil que aparezca una sensación que se parece bastante a un pequeño duelo. No por una pérdida concreta, sino porque nos damos cuenta de que ciertas etapas de nuestra vida han quedado atrás. Desde la psicología se ha descrito que el duelo no solo aparece ante pérdidas evidentes, sino también ante cambios importantes o transiciones vitales (Neimeyer, 2001).
Durante mucho tiempo se tiende a pensar que la nostalgia es algo negativo, como si simplemente fuera a quedarse en el pasado o idealizar el mismo. Pero, bajo mi punto de vista, no siempre se trata solo de eso. Muchas veces, la nostalgia también señala aquello que ha sido importante para nosotros. Tiene que ver con momentos, vínculos y experiencias que han tenido un peso real en nuestra vida.
Desde una perspectiva más humanista, se plantea que las emociones nos ayudan a conectar con lo que valoramos (Rogers, 1961). En ese sentido, la nostalgia puede entenderse como una forma de reconocer aquello que ha sido significativo: las personas, los espacios, las rutinas en las que, de alguna manera, nos hemos sentido en casa.
Además, algunas investigaciones apuntan a que recordar experiencias del pasado puede ayudarnos a mantener una sensación de continuidad en nuestra identidad y a entender mejor quién somos en el presente (Sedikides, Wildschut, Arndt & Routledge, 2008). Es decir, no se trata solo de mirar atrás, sino de integrar esos recuerdos como parte de nuestra propia historia.
Quizá por eso hay recuerdos que aparecen una y otra vez. No tanto para quedarse en ellos, sino porque de alguna forma conectan con cosas que han sido importantes. Y también nos ayudan a mirar el presente con más perspectiva.
Al final, no se puede evitar que el tiempo pase ni que las etapas cambien. No hay forma de volver exactamente a lo que fue, ni de mantener las cosas tal y como eran. Pero sí se puede intentar estar más presente en lo que está ocurriendo ahora en nuestras vidas, sabiendo que eso también, con el tiempo, formará parte de nuestros recuerdos.
—————————————————————————————————————————–
Neimeyer, R. A. (2001). Meaning reconstruction and the experience of loss. American Psychological Association.
Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin.
Sedikides, C., Wildschut, T., Arndt, J., & Routledge, C. (2008). Nostalgia: Past, present, and future. Current Directions in Psychological Science, 17(5), 304–307. https://doi.org/10.1111/j.1467-8721.2008.00595.x





